Barcelona, Nairobi, Barcelona
Un viaje a la aridez del Cuerno de África

Cada vez que vuelvo a Nairobi me encuentro con las mismas escenas que me arrancan una sonrisa. Se trata de un lugar donde la amistad parece tener un significado más intenso que en Europa. O, al menos, que en las grandes ciudades europeas. O quizá sea simplemente una impresión. Quizá sea simplemente que en Barcelona uno tiende a sentirse bastante más solo, por más que tenga toda la ciudad repleta de amigos en cada barrio.
No me entiendas mal. Lo paso genial tomándome unas cañas con los colegas en la Plaça d’Hosca de Sants. Me encanta charlar con las compañeras de La Central cuando llega un libro que llevaba tiempo esperando. Y definitivamente no me pierdo ni una sola de las noches grandes de las fiestas de Gràcia.
Pero no, la sensación en Nairobi es totalmente diferente. Ver a mis compañeros recibirme al llegar al aeropuerto vibra con una intensidad distinta, como si estuviera despertándome para la aventura que estoy a punto de vivir una vez más. La energía de África tiene una fuerza que no he conocido en ningún otro lugar. Quizás se trate de la fuerza que nos dio origen como especie. O quizá sea algo totalmente diferente. Solo podemos suponer.
Las sonrisas y la cálida bienvenida son sinceras. Mucho más de lo que alcanzo a creer. Y, sin embargo, enmascaran sin quererlo una situación cada vez más crítica. la razón misma por la que estoy allí. La sequía en el Cuerno de África está golpeando esta región con una dureza sin precedentes, destrozando cualquier registro anterior. Kenia no es un país muy dado a las estadísticas, pero, si lo fuera, las cifras serían simplemente devastadoras.
He visto algunos reportajes de National Geographic y de Al Jazeera con imágenes de elefantes, rinocerontes y jirafas muertas. Se trata de imágenes muy poderosas que captan la atención en cualquier rincón del mundo. Los restos de un enorme animal inertes sobre una tierra seca, yerma, agrietada. Sus siluetas envueltas en nubes de moscas que parecen saciarse allí como si ellas también hubieran pasado varios días sin nada que beber. La imagen de un territorio que perece poco a poco bajo el castigo inmerecido del calentamiento global.
Mi trabajo aquí no ayudará demasiado a los elefantes que vagan por la sabana. Pero puede que ayude en parte a los agricultores que han perdido sus cosechas debido a la falta de lluvias. En Kenia, la mayoría de los cultivos crecen gracias al agua que cae del cielo. Si no cae, no crece. En España nos hemos acostumbrado a la aridez del suelo, y nos hemos visto obligados a reemplazar las nubes a cuentagotas. Y eso es lo que he venido a hacer aquí.
Lo tendremos que hacer con mucho menos dinero. Tirando de creatividad. A la manera keniana. En muchas pequeñas granjas, unas cuantas botellas de Coca-Cola bastarán. Se cortan por la base, se sujetan con un palo, se conectan a un pequeño tubo de plástico con un pequeño filtro que regula el flujo del agua. Se llenan con un cubo, con sudor, con mucho esfuerzo. Y se revisan cada mañana, como quien revisa si una gallina ha puesto un huevo.
Son pequeños pasos que pueden ayudar a que la tierra no muera. A que la gente no muera. A que las cosas continúen cambiando para mejor en un país que siempre sonríe, incluso en la adversidad. Incluso ante el abismo del cambio climático. Incluso ante la amenaza de que el desierto se lo coma. Kenia es un país tan noble, tan alegre, tan risueño, que merece vivir para siempre. Merece un suelo verde y fértil. Merece que vuelva a llover.
Mientras piso el suelo de Kenia, no pienso en volver. Pienso en aportar lo que pueda, en encontrar mi camino entre la aridez, en la nube de mosquitos que a veces me rodea. Pienso en mis amigos, en mis amigos de aquí, los de la sonrisa sincera. Ya habrá tiempo para Barcelona, para la soledad de la rica de Europa. Hoy, ahora, me toca sonreír. Hoy, ahora, me toca aprender bajo el sol ardiente de Kenia.



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